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28 de Diciembre 2015 09:41 A.M.
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Las encuestas fueron la esperanza de un conocimiento social que lograba escapar de la subjetividad. Desprenderse finalmente de los intérpretes para saber qué piensa, qué quiere, qué teme la gente. El dato lograba enterrar el lirismo de quienes cantan al alma nacional. Ya no sería el poeta o el demagogo quien nos diría quiénes somos: nuestro autorretrato estaría en la gráfica de una casa encuestadora. Por eso hemos considerado los estudios de opinión como una conquista de la ciencia y un instrumento de la democracia. Los partidos llegan a confiar en ellas para ahorrarse el pleito y el precio de las elecciones internas. Los políticos se obsesionan con la popularidad que registran periódicamente los encuestadores. Tal vez es tiempo de volver a tomar distancia frente a ellas. A desconfiar de las encuestas y de los encuestadores nos llama la historiadora Jill Lepore en un artículo que se publicó en el New Yorker en noviembre de este año. A su juicio las encuestas están dañando severamente el proceso democrático. Nos hemos ido acostumbrando a los pronósticos fallidos. Cada elección parece una burla al trabajo de esos adivinos modernos. La gente cada vez responde menos a los encuestadores, no tiene tiempo ni ganas de contestarles. Cuando el método empezó, casi el 90% de los encuestados (en Estados Unidos) contestaban. Hoy no llegan al 10%. El nivel de respuesta se ha desplomado pero seguimos concediéndole autoridad a esos números. El resultado es que las encuestas ofrecen en nuestros tiempos una fotografía engañosa de la opinión pública. El efecto es terrible para la democracia: esa estampa deformada de la opinión colectiva sigue detentando un enorme poder; el debate público se convierte en un juego de apariencias, la reflexión se encierra en el corto plazo. Trump es resultado de esa cultura del espectáculo que ha hecho de las encuestas su mejor instrumento.

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El ensayo político más importante de los últimos años es el libro póstumo de Peter Mair que Alianza Editorial tradujo recientemente como Gobernando el vacío. Los partidos han dejado de ser los instrumentos de la participación democrática que una vez fueron. Bancos de ideas, armas de castigo, mecanismos de gobierno. En las democracias más sólidas se han tragado el veneno de la antipolítica y han terminado por abandonar sus marcas de identidad. En busca de esa indefinición que llamamos centro se vuelven indistinguibles. Tal vez lo que vemos como el resurgimiento de los radicalismos no es más que un reclamo por la recuperación de un debate mínimamente significativo. El atractivo que generan los radicales (Le Pen en Francia, Corbyn en el Partido Laborista británico, Podemos en España) proviene posiblemente de esa necesidad de encender de nuevo la polémica, es decir, la batalla por los significados de la acción pública. El debate político no puede ser una apacible controversia técnica.

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2015 puede apuntarle otra victoria al cinismo. El gobierno de Enrique Peña Nieto apostó al olvido… y ganó.

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No fue casualidad que los ataques terroristas de París golpearan centros de diversión: cafés, salas de conciertos, un estadio. El placer como el enemigo mortal de cualquier totalitarismo. El último sueño del fundamentalismo islámico es la supresión de la música. La película Timbuktú que se exhibió este año en México retrata ese afán por desterrar el canto del mundo. No importa si una mujer canta un himno al mismo Dios que veneran los defensores del califato; dejarse llevar por una melodía es ya, una derrota frente al demonio. ¿Tendrá razón Mustafa Akyol cuando advierte que el antídoto contra ISIS es más teológico que militar? Rescatar, de la propia tradición musulmana los ingredientes para una cultura de tolerancia.

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El gran poeta y ensayista Charles Simic mira con horror las campañas de su país adoptivo. Todos los países tienen sus políticos imbéciles y corruptos pero nadie los trata mejor que nosotros, dice, sin percatarse, por supuesto, de la competencia que tiene al sur. Escucha que sus amigos le dicen que es imposible que gane Trump o Ted Cruz pero recuerda lo que sucedió en Yugoslavia. Ahí escuchó gente inteligente que decía que lo que hacía falta era firmeza para los tiempos difíciles. Una tía suya llegó a decirle que Milosevic le parecía guapo. Inconcebible. Como si tu hermana te dijera que Trump es un encanto…

http://www.reforma.com/blogs/silvaherzog/

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