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Nada iguala a la victoria. Camelot. Gilberto Haaz Díez
23 de Junio 2016 12:45 P.M.
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Es la mañana del martes 21, día del juego, el juego del hombre, diría Ángel Fernández, aquel excelso cronista de futbol, que creó una historia en la locución y ha tenido cientos de imitadores, y ninguno ha llegado a esa orilla donde la crónica se sublima. Una escuela. Hoy juega en Houston, Argentina contra Estados Unidos. Salgo por la mañana a rolar, en los desayunadores se encuentra uno a gente con la camiseta de Argentina. Es el día que en semifinales juegan contra los locales, Estados Unidos. Favorita la subcampeona del mundo, Argentina, de quien los conocedores, me incluyo aunque no sea conocedor, aseguran que si Di María hubiera jugado junto a Messi en aquella final del Mundial de Brasil, Alemania no los vence. Son favoritos por la historia y porque tienen un dios en el estadio, Lionel Messi, a quien su padre le puso ese nombre por la admiración al cantante Lionel Richi. No hay mañana, si empatan los 90 minutos directo a los penaltis. Y luego buscar al otro finalista, que aseguran será Chile, el que le metió (sin albur) 7 goles a los mexicanos. Llego al hotel Westin Galería. En el lobby la gente de Univisión tiene team-back, ajustan el programa de la transmisión de esa televisora que, a pocos años, y siendo dueña de ella el primer Azcárraga, ya vale seis veces lo que Televisa. Una tremenda televisora que ha reclutado también a cronistas mexicanos, como el Perro Bermúdez. Allí el Conde K y Jorge Berry junior, y las damas que presentan ese segmento deportivo, tan visto en Estados Unidos por los hispanos. Le saludé y nos tomamos foto, para el álbum del recuerdo. Como todos buenos hispanos  le van a Argentina. La camiseta albiceleste se ve por doquier. Habrá casi 71 mil personas en el estadio, y a estas alturas, a tres horas de que inicie el juego, la reventa está a mil 200 dólares boleto, donde te toque. Llego al estadio NRG, lo hago temprano, con dos horas de anticipación, poco a poco comienzan a llegar los fanáticos. Los gritos de USA-USA y Ar-gen-tina, Ar-gen-tina, retumban en los pasillos del estadio. No voy a describir el juego, que muy seguro vieron cientos de mexicanos, miles, quizá algún millón de ellos ahora dolidos por la atragantada de Chile que se metieron. Messi convierte a sus Apóstoles en algo mágico. He visto a Messi y he visto a los argentinos, jugaron un partido excelso, Messi los llevó de la mano a ganar 4-0, Higuain revive, Mascheriano comanda esa defensa como lo hacía Márquez en Barcelona con Pujol. Han criticado que Messi, al contrario de Maradona y Pelé, jamás ha ganado un torneo mundial con su país, ahora seguro lo logra. Lo tiene a la mano, espera que llegue el rival y si juegan como hoy lo hicieron, en este estadio de Houston, no los detiene nadie. En el estadio pululan algunos aficionados mexicanos, portan la verde con orgullo, sin pena. Cuando en la pantalla del estadio salió el equipo de México, el abucheo se dejó venir. Al medio tiempo, un aficionado como en tarde de toros, se metió de espontaneo, libró la seguridad, le llevó un lapicero y un papel y Messi le firmó, luego se hincó y le hizo la reverencia como a Dios, como a un Santo. Luego, lo atrapó la seguridad. Cuando Messi cobraba una falta fuera del área, todo el estadio le pedía gol, hasta los adversarios, lo hizo a su manera, como cantaba Sinatra, y esa noche de ese día de Copa América, el futbol no volvió a ser igual. Se idolatró el mismo. Salve oh gran Rey.

 

A LA CALLE

 

Salgo del estadio. El aforo fue de 70,858 espectadores, con boleto pagado. Es un estadio de futbol americano, cuando comienza el juego la gente no se sienta, hasta los seis minutos, muy temprano Messi los controla y comienzan a caer los goles, hasta llegar a cuatro. La gente se para de sus asientos. Salgo poco antes y me formo en la fila de las gorras y camisetas de Copa América. Un amigo nos llevó, ida y vuelta, de ida tomó la Loop 601, el aro que circunda todo Houston, de regreso nos llevó por atajos. Llegamos con bien al hotel. Fue una noche maravillosa, es quizá ver a Messi en su mejor momento, con Barcelona da recitales, pero está plagado de compañeros estrellas, aquí parece que ya aceitó esa máquina y esos compañeros de selección ya se ven como gigantes, bien decía Johan Cruyff: “El futbol es un juego que se juega con el cerebro. Debes estar en el lugar adecuado, en el momento adecuado, ni demasiado pronto ni demasiado tarde”. Así fue este. Ahora a la final.

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