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Límites de la eficacia Jesús Silva-Herzog Márquez
07 de Diciembre 2015 09:45 A.M.
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El larguísimo sexenio mexicano empieza a declinar. El gobierno de Peña Nieto ha cruzado la línea de los tres años. Tiene más días detrás que los que tiene por delante. Queda todavía mucho tiempo antes del relevo pero la marca del sexenio parece clara: capacidad para reformar y torpeza para gobernar. Firmeza para seguir un libreto bien escrito, ineptitud para adaptarse a las sorpresas.

Eficacia es el nombre del trofeo que Peña Nieto ha querido ganar. Vale preguntar entonces sobre el sentido de ese ideal político. ¿En qué consiste la eficacia? ¿Cuándo podemos decir que un gobernante es realmente eficaz? ¿Enceguece la obsesión por la eficacia? Conseguir lo que se desea puede ser la medida elemental de la eficacia. Trazar un objetivo y alcanzarlo. El llamado de la eficacia tenía hace tres años un sentido muy concreto: desatorar la máquina del pluralismo. Después de quince años de desacuerdos parecía urgente encontrar coincidencias y concretar una serie de reformas que se describían como políticamente inviables. El gobierno de Peña Nieto, con sorprendente velocidad logró ensamblar la más amplia coalición reformista de la corta vida de la democracia mexicana. Sea cual sea el desenlace de la administración, es innegable la entidad de las reformas que se concretaron en los primeros meses del sexenio. Reformas que durante lustros fueron consideradas como imposibles se convirtieron en ley. El arco del consenso permitió encarar intereses poderosos que se asumían con la capacidad para vetar cualquier intención reformista. Dudo que alguien pueda seriamente cuestionar que el horizonte de la educación, de las telecomunicaciones, de la energía es otro tras los cambios. Sigue en el aire saber si esas transformaciones producirán los efectos que se anuncian, lo que parece imposible negar es que se trata de reformas profundas, ambiciosas y en algún caso, radicales.

Asombrosa eficacia legislativa, la del gobierno de Peña Nieto. Todas sus prioridades legislativas lograron mayoría en un tiempo breve. Cambió el texto de la Constitución, reformó leyes, rehízo instituciones. No fueron cambios menores ni se limitaron a un campo estrecho. De ahí vino el enamoramiento de algún sector mexicano y de algunos medios extranjeros con el Presidente reformista. Finalmente, el país era capaz de alcanzar los acuerdos que había pospuesto veinte años. Al reconocer esta eficacia, hay que subrayar que se detiene en el ámbito legislativo. En la lógica oficial hay un curioso arcaísmo: confiar que el cambio de la ley es cambio de las cosas. Puede decirse que la ofuscación es generalizada. Celebrar el cambio de una ley es celebrar una apuesta, no una conquista. De tanto anunciarlas, las reformas “estructurales” son vistas como pociones mágicas. Reformar la educación es proclamar la reforma de la educación (en la ley). La eficacia se convierte así en signo de credulidad. Como si apropiarse de los párrafos del Diario Oficial que hacen públicas las nuevas leyes significara gobernar la realidad, rehacerla al gusto. La eficacia del gobierno de Peña Nieto no adquiere plena dimensión política porque se detiene en el plano de lo normativo. La eficacia auténtica es aún, un signo de interrogación.

La obsesión por la eficacia podría explicar también la torpeza para actuar frente a lo inesperado. Quien se empeña en demostrar su eficacia se entrega mentalmente a una causa y solo a ella. Llegar al destino sin que las distracciones lo desvíen. Así, tiende a borrar de su horizonte visual lo que no aparece en su plan de vuelo. El presente, siempre invadido por lo azaroso, se vuelve irrelevante para un piloto torpe. Cuando el percance ocurre, no tiene más respuesta que insistir en el trazo de su itinerario ideal. No sabe ajustar el vuelo, no puede improvisar una solución. Sigue fiel a su ruta inicial. La monomanía del reformista, esa cantaleta de las reformas que nos proyectarán hacia el futuro, lo orilla al desprecio de mil asuntos. Nada importa salvo lo que me importa a mí, nos ha dicho el Presidente de muchas maneras. Lo que está fuera de su agenda, la corrupción, la violencia, el deterioro de la vida institucional son distracciones que no merecen atención.

La eficacia que se presume se ha concentrado en la conquista de un texto y no en la transformación de la realidad. La eficacia de un proyecto reformista se ha convertido en un modo de aislarse del mundo y apartarse de la realidad.

 

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