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La secta y la camarilla Jesús Silva-Herzog Márquez
14 de Diciembre 2015 09:39 A.M.
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El año se irá dejando en crisis de sobrevivencia a uno de los partidos centrales de la transición. Pronto nos acostumbramos a pensar el horizonte electoral como un biombo de tres lienzos. PRI, PAN, PRD. Un partido indefinible y dos opciones difusamente ideológicas disputándose el centro. Las competencias locales podían variar de competidores pero, a nivel nacional, esas tres opciones daban la coloratura a la representación legislativa y a la pelea por la Presidencia. La mampara de las tres pantallas se ha convertido de pronto en un mosaico complejo, inestable, impredecible. La indignación tiene ahora dos vehículos atractivos: el primero es el de los candidatos sin partido; el segundo se llama Morena. Amenazas para los tres partidos tradicionales pero, sobre todo, para el Partido de la Revolución Democrática. La organización que representó la esperanza de una izquierda unificada vive hoy la crisis más seria de su historia. No se exagera cuando se escucha que su sobrevivencia está en juego.

Dos formas de entender la política chocaron para darle al traste a ese importante proyecto histórico. La primera proviene de la secta, la segunda de la burocracia. El caudillismo que exige sumisión absoluta y el patrimonialismo de quien entiende un órgano público como propiedad de un grupo.

Se sabe bien que, para Andrés Manuel López Obrador, no hay política digna que no sea obediencia total a su dictado. Dentro de su partido no habría posibilidad de cuestionarlo. Dudar de sus estrategias, criticar sus decisiones, polemizar con sus dichos es poco menos que un acto de traición. Por eso puso a su antiguo partido ante una disyuntiva elemental: aplaudirlo siempre… o traicionar a la patria. Quienes no estuvieran dispuestos a seguirlo en todo y hasta el último de los días se entregaban a la mafia. Para el sectario, una diferencia de opinión es una falla moral. Quien tiene una opinión distinta a la del profeta es un inmoral, un traidor, un pillo. ¿Qué posibilidades hay de construir un partido cuando el político más popular de esa organización exige a sus seguidores una renuncia al juicio propio? Esa es la petición del sectario: la renuncia al pensamiento.

Las lealtades de la secta son contrarias a la dinámica de un partido político en un contexto democrático. Una organización tan compleja como el PRD no podía someterse por siempre a las exigencias devocionales de un líder que divide el mundo en dos: incondicionales y depravados. El pluralismo llama a la negociación, invita al pacto tanto como al disenso. La actividad parlamentaria no puede sujetarse al maniqueísmo que termina negando no solamente el acuerdo sino el diálogo mismo. El lopezobradorismo es incompatible con la existencia de un auténtico partido político. Lo que ahora ha formado, más que una institución para competir en elecciones es un organización al servicio de su dueño. La secta convoca a una política devocional que es, irremediablemente, contraria a las prácticas de una institución democrática. El problema no es, por supuesto, la fuerza del liderazgo de López Obrador sino el tipo de lealtad que ese liderazgo exige.

La otra política que conspiró para destrozar al PRD fue la política de la camarilla. Tan responsables de su desgracia son los burócratas como los sectarios. Los amos del aparato han estado lejos de ese maniqueísmo moral y han querido distinguirse de él. Se presentan hacia fuera como promotores de una izquierda pragmática, como negociadores que saben dialogar, como tolerantes que aceptan el disenso. Se imaginan como la izquierda moderna. Su forma de ejercer el poder es, sin embargo, testimonio del peor patrimonialismo: dirigir una institución pública como si fuera propiedad de un grupo de amigos. Por eso la camarilla que se ha repartido el poder en el PRD desde hace lustros ha sido catastrófica. Entre ellos se han turnado la presidencia del partido, las candidaturas, las posiciones más destacadas. Ni siquiera han corrido el riesgo de salir a la calle para poner a prueba su liderazgo. Lo suyo es política del aparato: el control de la maquinaria, el manejo del dinero, la distribución de beneficios. No han soltado la pelota hasta ahora que es, probablemente, demasiado tarde.

Su entendimiento de la política es, como el del líder de la secta, incompatible con la vida de una institución. El secuestro de un partido para beneficio de una camarilla de muy precaria legitimidad democrática termina ahogándolo. Aferrados a la estructura terminaron abrazando un cascarón.

Si queremos adelantar la autopsia del PRD podemos identificar ya la presencia de dos venenos mortales: la idolatría de los beatos y el patrimonialismo de los burócratas.

http://www.reforma.com/blogs/silvaherzog/

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