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La coproducción del héroe Jesús Silva-Herzog Márquez
11 de Enero 2016 09:43 A.M.
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No puede negarse que la recaptura del criminal es un éxito importante del gobierno federal. Su fuga había sido una burla mundial, una humillación al gobierno que lo había aprisionado y que había permitido su escape. El éxito, sin embargo, no es otra cosa que la reparación de un daño que el propio gobierno se había provocado. Por supuesto que da gusto encontrar las llaves que uno mismo pierde pero difícilmente podría decirse que recuperarlas sea una hazaña. Curioso orgullo: la proeza de reparar el error propio. No puede olvidarse que el gobierno de Peña Nieto dejó escapar al criminal y que, hasta la fecha, sigue sin aclarar las complicidades que lo permitieron. Culpable de un error monumental, el gobierno que lo corrige declara: Misión cumplida.

El triunfalismo opaca el triunfo. El gobierno se desborda en su festejo. Más allá de la desmesura del autohomenaje, creo que los efectos de la celebración son contrarios a su propósito. El acierto es festejado como una victoria nacional y un éxito personal del Presidente. Fue él quien dio a conocer la noticia de la captura. No fueron las instancias directamente involucradas en la detención sino el Ejecutivo mismo quien lo hizo público para ser el receptor de los aplausos. El presidencialismo que Peña Nieto se ha empeñado en restaurar ha de concentrar todos los reconocimientos. Si el criminal vuelve a estar tras las rejas es gracias al Señorpresidente. Los halagadores no se percatan que el piropo conlleva una acusación: ¿si el criminal se fugó hace seis meses fue culpa del Señorpresidente?, ¿si hay otros prófugos, será por la incompetencia del Señorpresidente?

La canciller se dirigió a su jefe para decirle que nunca había estado tan orgullosa de él como ahora. Los diplomáticos que se reunían en la Ciudad de México no encontraron mejor forma de celebrar la captura que cantar el Himno Nacional, como si las calificaciones de los estudiantes mexicanos hubieran mejorado en las pruebas internacionales. Como si el país hubiera establecido finalmente el imperio de la ley, como si se diera castigo ejemplar a los corruptos. Algún diplomático estalló en grito: “¡Viva el Presidente Enrique Peña Nieto!”. Algunos respondieron: “Viva”. La captura de un criminal al que se le permitió la huida sirve a los aduladores para ensalzar al Presidente pero, en realidad, encumbra al bandido. El gobierno de Peña Nieto ha vuelto a esculpir el monumento a El Chapo. Al elegirlo como antagonista directo, la figura del jefe de Estado se empequeñece. Primero hicieron héroe al narcotraficante para sacudirse la responsabilidad de su fuga. Ahora lo hacen héroe para mejorar la imagen del Presidente.

El execrable reportaje de Sean Penn hace lo mismo: convierte a un criminal que ha provocado la muerte de miles de personas en un héroe encantador. Un empresario talentoso y pacífico que solamente se defiende de sus enemigos. Una víctima del capitalismo que ha sabido manipular su hipocresía para sobrevivir. Los muertos y las vidas destruidas no son responsabilidad del criminal sino de sus perseguidores y, desde luego, de esa entelequia desalmada que es el sistema. La superficialidad de las preguntas del actor no permite a su interlocutor decir nada interesante. Lo notable de este ejercicio de frivolidad es, por supuesto, la construcción del forajido como un héroe. No sé si la narración podría funcionar como libreto cinematográfico, pero como descripción de la realidad es simplemente aberrante. “Cualquiera que sea la maldad que se le atribuya (sic) a este hombre y su innegable sabiduría de calle, es también una persona humilde, un campesino cuya percepción de su sitio en el mundo ofrece una ventana al extraordinario enigma de la disparidad cultural”. Un hombre tímido, atento y pacífico, un genio carismático, lo llama Sean Penn.

Defendiendo su polémica conversación con el Mayo Zambada, Julio Scherer dijo que si el diablo le concedía una entrevista, iría a los infiernos. Tendría sentido el descenso si fuera posible cuestionar realmente a Satanás y escapar de su censura. No hay mérito periodístico si el encuentro sirve para halagar la vanidad del poderoso y la valentía del periodista.

Las frivolidades de un actor fascinado por el poder terminan prestando servicios de imagen a un criminal. La misión se cumplirá cuando nadie -ni los políticos necesitados de hazaña ni los actores aburridos en Hollywood- rinda homenaje a los criminales.

http://www.reforma.com/blogs/silvaherzog/

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