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Gobernar y conversar Jesús Silva-Herzog Márquez
04 de Enero 2016 09:42 A.M.
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El Presidente acepta la invitación del comediante. Obama se deja envolver en el humor de Jerry Seinfeld, juega con él, maneja por las callecitas de la Casa Blanca, se instala en la cafetería para conversar sobre los fantasmas de la residencia presidencial y la tontería que cunde en la política. El actor que dio vida a un brillante programa sobre nada conduce ahora una serie: Comediantes en coches, tomando café. Por ahí han desfilado Jon Stewart, Tina Fey, Louis C. K., David Letterman. El comediante invitado en la última emisión es el presidente de Estados Unidos. ¿A qué deporte se parecerá la política?, le pregunta. ¿Será como el ajedrez? ¿Basquetbol? ¿Tenis? El Presidente se sorprende de la pregunta, la celebra, piensa y responde pronto: al futbol. Futbol americano, se entiende. Es un juego de golpeteo constante; avanzas una yarda y retrocedes dos. Su mayor ambición parece ser el estorbo. Un deporte rudo que, al mismo tiempo, necesita de una gran especialización, estrategia, plan. El futbol americano es un deporte en el que reina normalmente el obstáculo pero de pronto, dice el Presidente, se abre un espacio, las murallas ceden y se logran grandes cosas.

Las comparaciones serán de mal gusto pero son inevitables. El espectáculo que contemplamos es casi inimaginable entre nosotros: un político como sujeto pensante. Ligereza y espontaneidad para participar en una pieza de comedia pero, debajo de eso, el fenómeno de un pensamiento que dialoga. Acostumbrados al discurso prefabricado, ensayado mil veces hasta desterrar cualquier brote de espontaneidad, la imagen de un gobernante reaccionando con soltura ante el desafío de un comentario es deslumbrante. Hace unos meses había escuchado una conversación de Obama con la escritora Marilynne Robinson. Me pareció admirable. Se puede leer y oír en el sitio del New York Review of Books. No se trata de una entrevista tradicional. Lejos de ser el interrogatorio complaciente o severo de un periodista que se acerca a un hombre de poder, es el encuentro de dos sensibilidades interesadas en la comprensión del interlocutor. No escuchamos a un político promoviéndose ni a un escritor luciéndose.

La conversación parte del interés del Presidente en la literatura de Robinson. Quien inquiere es el político. No tiene agenda, simplemente quiere platicar con ella. Le cuenta de entrada que el hábito de la política es someterse a una agenda: llegar a una ciudad, reunirse con miembros de un sindicato, participar en un evento público, tener una junta con empresarios. Fascinante pero todo muy ensayado, sometido a un libreto estricto. Vender una idea, promover una iniciativa de ley, defender la gestión de gobierno, polemizar con sus opositores. Por eso busca la conversación con Robinson: por el gusto de hablar con ella. Adoro tus libros, le dice de entrada. Al político le cautivan sus historias, sus personajes, su filosofía o, más bien, su teología. Obama quiere entender de dónde viene su visión del mundo, quiere saber de sus padres, del pueblo donde creció. La conversación conduce a una reflexión sobre el servicio de la literatura. Obama le dice a Robinson que lo más importante que ha aprendido viene de la novela. “Al pensar en la manera en que entiendo mi papel como ciudadano, independientemente del hecho de ser presidente, me doy cuenta de que las ideas más importantes que he aprendido vienen de las novelas. Tiene que ver con la empatía. Tiene que ver con cierta familiaridad con la noción de que el mundo es complicado, lleno de claroscuros pero hay una verdad que encontrar y que debes esforzarte por alcanzarla y trabajar por ella. Y también la idea de que es posible vincularse con alguien, a pesar de que sea muy diferente de ti”.

El problema de nuestra política, argumenta Obama, no es que la gente haya dejado de leer. Más bien es que la gente lee cosas que refuerzan su encapsulamiento. Pocos salen de su propio nicho de certezas y prejuicios. Así se vuelve cada vez más difícil la conversación nacional.

Lo que sugieren estas intervenciones recientes es que la política puede entenderse de ese modo, como una conversación. Ésa fue la aportación crucial del filósofo conservador Michael Oakeshott: la política como un diálogo con la circunstancia. La política no es un argumento, es una conversación, llegó a decir y al decirlo propuso una noción que puede salvarlos de la ceguera de los fanáticos y el dogmatismo de los técnicos. La calidad de nuestra conversación pública es la calidad de nuestra democracia.

http://www.reforma.com/blogs/silvaherzog/

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